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La Túnica de la Mártir
19 de enero de 2018

LA TÚNICA DE SANTA EULALIA: Una leyenda del siglo VII

Casi todas las figuras históricas están rodeadas de cierto halo de misterio y leyenda, pero, de igual modo, lo legendario adorna y enmascara en ocasiones no pocos hechos fidedignos. Las leyendas sobre la Mártir no son numerosas ni tampoco menudean los milagros que por su intercesión le son atribuidos; sin embargo, algunas de éstas, transmitidas de padres a hijos, de generación en generación, han conseguido llegar a nuestros días con inusitado vigor, caso de las celebérrimas “nieblas de la Mártir”, trasunto de la histórica nevada que cantara el poeta hispanoromano Prudencio.

Del universo mitológico eulaliense entresacamos la que motiva estas líneas y que debe remontarse, cuanto menos, al siglo VII, pues en dicha fecha aparece ya consignada. En la época en que se desarrollan los acontecimientos que vamos a narrar, Mérida acaba de salir de un periodo especialmente difícil, con epidemias que habían asolado sus campos y pestes que diezmaron su población. Una vez más, el antiguo solar romano iba a convertirse en teatro de operaciones por la unidad nacional.

Se sentaba en la Silla emeritense el obispo Masona, godo de nación, al que una mano anónima y oculta describiera como “un hombre íntegro, sin igual en toda virtud y adornado de todos los carismas”. El rey Leovigildo era, por su parte, el depositario del poder político en la España visigoda. De confesión arriana, quiso imponer sus creencias al grueso de la población católica hispana, motivo por el que las fricciones con el estamento eclesiástico católico no se hicieron esperar. Fracasado en su intento de atraerse al metropolitano emeritense con dádivas y amenazas –pues pensaba, con buen criterio, que como pastor arrastraría a toda la grey bajo su báculo- se propuso sustituirle por un acólito de su doctrina llamado Sunna que, una vez en Mérida, entró a saco y tomó posesión de algunas de las iglesias, más no de la de Santa Eulalia pues el vecindario emeritense, arropando a su legítimo prelado, se lo impidió.

Masona fue presionado para que renegara de su fe, entregara la iglesia a la nueva autoridad impuesta y con ella su tesoro. Constituían el bien más preciado de la basílica las reliquias de su titular y, entre éstas, la túnica que cubrió sus mortales y sagrados despojos el cuarto día de los idus de diciembre del año 304 d.C. cuando cayó víctima del odio persecutorio desatado contra los cristianos. Cuando los cuerpos de los mártires, cortados, desgarrados o quemados, eran abandonados por quienes los habían ultrajado, era costumbre que los fieles, amparados en la negrura de la noche recogieran en un sudario los restos dispersos y los transportaran al lugar de su inhumación. Allí el cadáver era preparado, envuelto a menudo en ricos ropajes y la tela que había servido para trasladarlo apresuradamente se convertía en un preciado bien personal o de la comunidad.

Se narra en la “Pasión de Santa Eulalia”, texto hagiográfico del siglo VII, inspirado en otro anterior del siglo IV, que la Mártir “habiendo llegado al lugar del martirio fuera de la ciudad... sólo guardó por pudor un lienzo para ocultar sus partes” y la piedad popular recordaba todavía en el siglo XVII a “un caballero cristiano” que, según se decía en los Breviarios antiguos, había prestado su capa a la joven Eulalia cuando la desnudaron para los tormentos y ejecución.

Sea como fuere, túnica, capa o casulla se veneraba en el “tesoro” de Santa Eulalia tanto por nuestros coterráneos como por los numerosos peregrinos que hasta aquí se acercaban atraídos por la fama de la doncella emeritense. Y dice la leyenda que cuando el emisario de Leovigildo inquirió a Masona por su paradero y le conminó para que se la entregara, el venerable obispo le dijo así: “Has de saber que eché la túnica al fuego; la hice cenizas, que mezcladas con agua, bebí. Y tocándose con la mano el estómago añadía: “Convéncete de una vez que la he reducido a polvo y que está aquí dentro de mi vientre. Jamás te la devolveré”.

Decía esto porque, sin saberlo nadie, doblándosela sobre el pecho, se la había ceñido envuelta en paños bajo sus vestidos. Ninguno de los presentes se percató de la añagaza y la túnica de Santa Eulalia nunca partiría rumbo a Toledo, donde radicaba la Corte.

La actitud de Masona le valdría el destierro y sólo al final de sus días, cuando Leovigildo había renunciado a hacer realidad sus sueños de unificación arriana, volvería a ser repuesto en su hurtada dignidad arzobispal. Ya anciano recordaría como hubo un tiempo en que en el atrio de la basílica de Santa Eulalia el pueblo de Mérida asistió expectante al desarrollo de una justa religiosa sostenida con Sunna –de la que saldría vencedor- sobre cual debía ser la verdadera religión, y cómo gracias a su fe y celo la túnica de la Mártir no cayó en manos impías.

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